Nuevas canciones

En esta obra, con poemas redactados en Baeza y Segovia, se captura la esencia de la introspección y el lirismo profundo que caracteriza el estilo poético de Machado. A través de versos delicadamente entrelazados, el autor explora las complejidades del amor, la naturaleza, la melancolía y la búsqueda del sentido en un mundo en constante cambio. Cada poema es una ventana a la emotividad y la reflexión, invitando al lector a rastrear sus propias emociones mientras se sumerge en la rica paleta de matices que conforman estas composiciones.

Iris de la noche

Hacia Madrid, una noche,

va el tren por el Guadarrama.

En el cielo, el arco iris

que hacen la luna y el agua.

¡Oh luna de abril, serena,

que empuja las nubes blancas!

La madre lleva a su niño,

dormido, sobre la falda.

Duerme el niño y, todavía,

ve el campo verde que pasa,

y arbolillos soleados,

y mariposas doradas.

La madre, ceño sombrío

entre un ayer y un mañana,

ve unas ascuas mortecinas

y una hornilla con arañas.

Hay un trágico viajero,

que debe ver cosas raras,

y habla solo y, cuando mira,

nos borra con la mirada.

Yo pienso en campos de nieve

y en pinos de otras montañas.

Y tú, Señor, por quien todos

vemos y que ves las almas,

dinos si todos, un día,

hemos de verte la cara.

Al escultor Emiliano Barral

Y tu cincel me esculpía

en una piedra rosada,

que lleva una aurora fría

eternamente encantada.

Y la agria melancolía

de una soñada grandeza,

que es lo español (fantasía

con que adobar la pereza),

fue surgiendo de esa roca,

que es mi espejo,

línea a línea, plano a plano,

y mi boca de sed poca,

y, so el arco de mi cejo,

dos ojos de un ver lejano,

que yo quisiera tener

como están en tu escultura:

cavados en piedra dura,

en piedra, para no ver.

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